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Naturaleza arrasadora PDF Imprimir E-mail

(Crónica de un sobrevuelo por todo el territorio salvadoreño)

Naturaleza arrasadora

El Salvador, Octubre de 2011. Desde lo alto el paisaje parece desolador. Como si fuera un mantel, cientos de sembradillos dibujan una enorme cuadrícula de colores verdes de diferentes intensidades que dejan al descubierto las huellas de la Depresión Tropical DT12E.

Pocas personas se ven en los sembradillos. El resplandor del sol sobre los campos inundados indica que las cosechas están perdidas. Miles de hectáreas a lo largo de la costa salvadoreña aún siguen anegadas.

El sonido ensordecedor de las hélices del helicóptero no permite hablar, salvo por señas. Los periodistas  que van abordo intentan capturar todas las imágenes que puedan mientras en otro asiento la Viceministra de Medio Ambiente, Lina Pohl, clava su mirada en el paisaje arrollado por el agua. Al cabo de la primera hora de recorrido la imagen se repite pero el lugar no.

La cantidad de lluvia que cayó sobre el territorio fue tal que provocó que los principales ríos del país y hasta el riachuelo más insípido despertara temor. La lluvia constante sobre el país ocasionó la saturación del suelo desde el valle central hasta el Litoral, contribuyendo al incremento de nivel y posterior desbordamiento de la  mayoría de ríos y quebradas que drenan desde la cadena volcánica hacia la costa y en consecuencia los departamentos afectados: Ahuachapán, Sonsonate, La Libertad, La Paz, San Vicente, Usulután y San Miguel

Sobre la Cordillera del Bálsamo, una de las zonas que acumuló mayor cantidad de agua, se formó una cárcava de casi 200 metros de largo, 80 de ancho y 40 de profundidad. Pareciera que alguien hubiera llegado con una pala a arrancar un trozo de la montaña. Por fortuna no había casas sobre el suelo que ahora falta, ni a su paso.

En El Carrizal, en Chalatenango, un trozo de montaña se desprendió y cayó sobre la calle principal, aunque este derrumbe se registró días antes de la depresión tropical.

El Río Paz en Ahuachapán no dio tregua. La columna que se dibuja sobre el terreno demuestra que el agua no respetó las curvas de su trayectoria original. Al contrario, la corriente de agua entró a campo traviesa arrasando con cultivos, árboles, viviendas, animales y vidas humanas.

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La  vegetación que estaba en la orilla yace doblada hacia la misma dirección en la que corrió el agua. Como si un enorme rastrillo peinara el área. La morfología de su trayectoria cambió y luego regresó a la normalidad.

Ese río experimentó  una crecida extraordinaria de 6.5 metros, entre el 11 y el 12 de octubre y alcanzó el nivel de la calzada del puente José Manuel Arce, en la frontera La Hachadura.

Garita Palmera, conocida por su vulnerabilidad, volvió a hacer honor de su fama. Santa Rita en San Francisco Meléndez se sumó a esa lista. Campos  aún inundados y otros tantos secos, pero arrasados y con miles de afectados.

Rumbo hacia oriente el panorama era menos trágico. Aunque mucha gente también perdió  su sembradillos, el agua ya se ha convertido en lodo y ahora solo se logran ver desde del cielo pequeñas lagunas y tramos de cultivos color café coloreados por el lodo.

Sobre la alfombra de mangle que se extiende en Barra Salada, un área Natural Protegida, hay un enorme parche de bosque salado seco y sin hojas. Enrique Barraza, jefe de la Unidad de Humedales del MARN, quien también acompaña el recorrido, asegura que esta causa no está relacionada a la depresión tropical que afectó hace unos días, sino al azolvamiento de los canales naturales en el que les entraba la corriente de agua salada del mar y se confundía  con la dulce que les llega desde los ríos.

En el trayecto, diferentes paisajes posaron para las cámaras. El siguiente en aparecer fue el Río Lempa  con la misma característica del Río Paz. La vena café se extendía en kilómetros a sus costados y árboles derribados  sobre su cauce.

Entre el 11 y 12 y entre el 15 y 17 de octubre se registraron las mayores crecidas y desbordamientos en ríos y quebradas de régimen torrencial que drenan desde la sierra Santa Ana-Ilamatepec en Ahuachapán y Sonsonate, cordillera de El Bálsamo en La Libertad, complejo volcánico de Chichontepeque en los departamentos de La Paz y San Vicente y complejo volcánico de Usulután y San Miguel.

Los techos  de lámina saltaron a la vista, en medio de lagunas y calles cortadas por la sombra del agua y uno que otro curioso salía a saludar desde el suelo. Desde lo alto costaba entender por qué el agua se acumulaba en ciertos sectores y de dónde había llegado.

Más adelante la laguna de Apastepeque daba un toque de belleza paisajística, pero al llegar a la Laguna el Jocotal, ubicada entre Usulután y San Miguel y luego  a la Laguna de Olomega, en La Unión, la imagen cambió.

El verde de la ninfa confundió a primera vista. Cientos de hectáreas se perdieron alrededor de Olomega, uno de los Sitios Ramzar del país. Ahí el fenómeno fue al revés.

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Los ríos que la alimentan la desbordaron  y el agua se comió los terrenos a su alrededor. Ahora la ninfa, una especie invasora contra la que luchan los habitantes del lugar, ya no solo roba oxígeno al humedal y limita la navegación de los lugareños, sino que se ha sido arrastrada por el aire sobre de terrenos inundados.

Un fenómeno similar pasó en la Laguna El Jocotal, otro sitio Ramzar. El desborde del Río Grande de San  Miguel avanzó en dirección hacia ese humedal y elevó su nivel tres metros arriba de lo normal. 80 viviendas quedaron cubiertas hasta el techo.

El Programa Nacional de Recuperación de Humedales que el Ministerio de Medio Ambiente puso en marcha a principios de año tiene elementos que deberán desarrollarse a profundidad con la población, sobre todo la que está alrededor de estos importantes humedales y zonas que ahora yacen inundadas.

El MARN ya cuenta con un catálogo de información precisa por cada humedal y  este será  socializado con la población, según la Viceministra Pohl el cual será reforzado con la información que el equipo de técnicos recabó en el recorrido.

Varias horas de vuelo bastan para que las imágenes se queden grabadas en la mente y ante la demostración arrasadora de la naturaleza, nada cuesta creer lo que asevera el informe de la  Evaluación y Coordinación de Desastres de las Naciones Unidas (UNDAC) en el año 2010, en el que se declara a El Salvador como “el país más vulnerable del mundo”.

 
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